Esperaba más que “Eso”…

Mi experiencia con la película para televisión de “Eso”, de 1990, se resume a: nunca la vi, pero siempre me dio miedo ver los anuncios en canal 5.

Cuando me enteré de que iban a hacer un remake y vi la imagen del nuevo Pennywise, mis expectativas para la nueva película eran nulas. El payaso se veía tan sádico, que no daba miedo. El avance oficial de la película me parecía exagerado en cuanto a qué tan aterrador lo quisieron hacer. En mi opinión, el miedo se debe generar de manera más sutil. En los meses que transcurrieron hasta la fecha de estreno, mi opinión se mantuvo igual. No tenía interés en ver la película. Si acaso, se despertaron mis ganas de ver la versión vieja.

Una semana antes del estreno, en el cine pasaron una escena completa de “Eso”, y sorpresivamente, mi punto de vista cambió. De primera impresión, Bill Skarsgard lograba transmitir el miedo que el look de su personaje no. Me pareció que tal vez esta película no sería como todas las de terror, en las que el miedo radica sólo en esperar a qué hora te brinca el monstruo. Creí que, como en el cine de terror antiguo, esta película provocaría tensión por la historia bien contada, pero no.

Para mi decepción, y creo que de muchos. Este remake dejó qué desear. Mientras la historia del pueblo de Derry y los niños que lo habitan, me mantuvo cautivado, la parte de miedo (que yo pensé que era la principal) no estuvo a la altura de la expectativa. La narrativa de Beverly, Bill, Richie y compañía, me recordó a buenas historias como “Super 8” o “Stranger Things, y la actuación de los niños, con excepción de Nicholas Hamilton (Henry Bowers) me pareció excelente. Pero la aclamada novela de terror sólo se vio a ratitos, y tal como no quería que fuera, se basó en sustos repentinos. Creo que fue mejor película de comedia que de terror.

En resumidas cuentas, “Eso” sí me asustó a ratos, y sí me entretuvo, pero no me atrapó, y siento que fue una oportunidad desperdiciada de hacer algo bueno con una novela tan bien recibida por la crítica. No esperaba mucho, pero al final me emocionó y me decepcionó. Lo único que me deja con buen sabor de boca, es que al parecer esta fue sólo la primera parte de la historia, y tienen chance de cerrarla bien. A ver qué pasa.

¿Y a ti, qué te pareció?

Alex Zavala 

 Podcast: https://soundcloud.com/lens-blur

 TW: @alekdome

Cuentan por ahí: Sirenas Mexicanas 8 – La sirena y el sireno

SAN MIGUEL AMEYALCO, EDO. DE MÉXICO

La sirena y el sireno

Cuentan por ahí…

… una leyenda otomí del Estado de México que cerca de San Miguel Ameyalco, existían dos manantiales de hermosa agua cristalina. En uno de ellos vivía una bella Sirena; en el otro habitaba un Sireno. Ambos se querían mucho y pasaban la mayor parte del tiempo juntos, bien fuera en un manantial o en otro. No vivían juntos porque les gustaba tener privacidad. Pero un nefasto día la hermosa Sirena se murió por causas desconocidas y el Sireno se quedó solo muy acongojado y triste sin su pareja y con ganas de tener una nueva.

En cierta ocasión una muchacha que estaba a punto de casarse, se fue a lavar las manos al manantial del Sireno, pues se había ensuciado con una fruta que comía por el campo mientras se paseaba para calmar los nervios que le producía su cercano enlace. Cuando metió las manos al agua vio una pequeña tinaja que contenía monedas de oro, collares, aretes, brazaletes, anillos y muchas joyas también de oro, acompañadas de bellos listones de todos los colores para adornarse el cabello.

Al ver esa maravilla de joyas y aderezos, la joven se inclinó más hacia el agua a fin de poder tomar la tinajita y llevársela, pues ya se imaginaba lo bella que se vería el día de su matrimonio con tan suntuosas joyas. Al tomar la tinaja, la joven desapareció en el agua y nunca se la volvió a ver. El Sireno se la había llevado para que fuera su  nueva pareja. Con el tiempo a la muchacha perdió las piernas le salió una cola, y pudo respirar dentro del agua sin morir, se volvió Sirena.

En el pueblo de San Juan Ameyalco nunca se volvió a ver a la muchacha. Su novio murió de pena, pero ella pudo lucir las deslumbrantes joyas con su marido el Sireno.

Por Sonia Iglesias y Cabrera